Llora la madre,
llora por su hijo perdido.
Las sienes le van a estallar,
los ojos rojos, doloridos
de tanto llorar.
Le perdió siendo niño,
aún sin haber vivido nada;
rubio, guapo, feliz...niño.
Abrazada a su fotografía,
apretándola contra su pecho,
cómo si de él se tratara.
Queriendo darle la vida
que una vez ya la dio.
¿ Por qué? pregunta, nadie le responde.
Pequeño, frágil, lleno de vida
y ahora inerte,
encerrado en una caja de madera,
aprendiendo a vivir y ya muerto.
Llora la madre,
nadie la consuela;
con él muere ella también.
Ya no quiere vivir,
el dolor en su pecho es tan grande,
que el aire lo toma abocados
amargos y sangrantes.
La vida se acabó para ella
no hay nada más que la nada,
si pudiera se cambiaría por él;
moriría ella... ¡si!
¡No quiere nada ya!,
vacía se ha quedado,
seca por dento y
mojada de lágrimas por fuera.
Rota como una muñeca,
negra por dentro,
negra por fuera.
Jorge
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