domingo, 4 de julio de 2021

Ecce homo

 Hay tres clases de hombres, los Sobresalientes, los Notables y los Mediocres. Los Sobresalientes, siempre son modelos para los otros dos. El Notable, quiere emular al Sobresaliente, pero no puede y el Mediocre ni se molesta en intentarlo. El Mediocre es un nihilista.

El hombre Mediocre es un verdadero lastre para su condición de humano , se aprovecha del avance de su especie, pero como "el perro del hortelano" ni come ni deja comer, siempre tiene la crítica en su boca-crítica no constructiva "él lo haría mejor"-, él se cree Sobresaliente, ni siquiera Notable, ¡Sobresaliente!

Los hombres Sobresalientes son muy pocos, los conocerás por su discreción, tienen un brillo en sus ojos que delatan esa humildad interior. Exteriormente también ves su humildad, es autentica. Ellos son muestras vivientes del saber, del magisterio para los hombres, sin caer en la soberbia. Ellos no se dejan influir por falsos dioses: dinero, fama, adulación falsa por parte de quien los rodean. La integridad es su bandera.

jueves, 24 de junio de 2021

Platón, porqué la expulsión de los poetas de la república ideal

Contenido

1.      Introducción. 2

2.      Situación del fragmento en la Republica. 3

3.      Expulsión de los poetas. 4

4.      Conclusiones. 7

5.      Bibliografía. 9

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.      Introducción

 

El filósofo Aristocles (427 a.C.- 347 a.C.), más conocido como Platón [el de las

anchas espaldas][1]debido a su gran envergadura y a su ancha frente, es el pensador con el cual podemos decir que se da el pistoletazo de salida a la filosofía con mayúsculas. Prácticamente escribió toda su obra en forma de diálogos y en estos utiliza a su maestro Sócrates como protagonista de ellos y portavoz de su pensamiento.

 Para el desarrollo de este trabajo hemos escogido el libro X del diálogo más extenso que escribió Platón, la República [título como conocemos actualmente este diálogo, esta denominación es de origen Romano, el título original es Ποʎιτεία (Politeia) que proviene de Πόʎις (pólis), denominación que se le daba a cada una de las ciudades estado griegas][2]. Se cree que su redacción de este diálogo se prolongó a lo largo de veinte años, desde 390 a.C. hasta 370 a.C.[3], y constituye sin lugar a duda una de sus obras de madurez y, probablemente, su diálogo más importante. En esta obra compuesta por diez libros o capítulos podemos agruparla en cinco grandes divisiones dependiendo de la temática tratada. En el libro I platón hace que Sócrates refute diversas definiciones de justicia avanzadas sucesivamente por Céfalo, Polemarco y Trasímaco. Por el tono y el estilo de este primer libro, más próximo a los diálogos de juventud o transición se ha considerado que pertenece a un diálogo de juventud (conocido como Trasímaco) que Platón incorporará más tarde como Libro I de la República.[4]La segunda parte la componen los libros del II al IV, que es donde encontramos expuesto el proyecto político de Platón. La tercera parte, comprende los libros del V al VIII, en donde recupera las principales teorías sobre el conocimiento y la realidad. En la cuarta división, es decir del libro VIII al IX, retoma las cuestiones políticas, haciendo un recorrido por las principales formas de gobierno. Por último, el libro X está dedicado a las artes y la filosofía y será como hemos dicho más arriba el objeto de este comentario. En el aparece la famosa tesis que sostiene que hay que expulsar a los poetas de la pólis.

En este trabajo pretendo acercarme al pensamiento de Platón en relación con esta controvertida idea de expulsar a los poetas de la República Ideal gobernada por el filósofo rey.

 

 

2.      Situación del fragmento en la República

 

Como hemos visto más arriba el fragmento escogido para este trabajo se sitúa en el último libro de la obra de Platón la República, aunque en teoría este diálogo [República] pretende dilucidar qué es la justicia y hacer una exposición de su filosofía política, en él se recogen las principales doctrinas del filósofo ateniense.

En el libro X encontramos, como hemos comentado más arriba unas reflexiones sobre el arte y más concretamente sobre la mímesis y la separación que a través de ella se produce de la verdad.

 Platón ataca desde el principio del libro a la poesía, pues según él, daña el espíritu de quienes la escuchan, si estos no poseen como remedio el conocimiento de la verdad: “no aceptar de ningún modo la poesía imitativa; en efecto, según me parece que no debe ser admitida”[5][en la república ideal]. Esto quiere decir que la poesía se tiene que hacer descender a un escalón más bajo, seguirá siendo siempre materia de goce artístico, pero no debe participar en la educación del hombre.

El ataque de platón va dirigido fundamentalmente contra la poesía imitativa, pues no trasmite la verdad de las cosas. Las Ideas designan la unidad de la pluralidad, es decir del concepto, que opera en el pensamiento. Las cosas que nos transmiten los sentidos son reflejos de las ideas, es decir, la silla, la cama o el caballo del mundo sensible son reflejos de la idea de silla, cama o caballo que yace en el mundo inteligible. El carpintero, por ejemplo –tomemos el ejemplo de Platón– crea sus productos teniendo presente la idea como modelo, lo que produce es la mesa o la silla no su Idea.[6]Una tercera fase de la realidad, es decir, después de la Idea y de su copia hecha por el artesano presente, esta en el mundo sensible, vendrá la que representa el arte pictórico, cuando el pintor plasma un objeto. Esta es la fase que Platón toma como punto de comparación de la poesía con la realidad.

El poeta y el pintor si los consideramos como creadores son inferiores al carpintero que produce sillas y mesas de verdad, que se pueden usar. A su vez el carpintero es inferior a quien ha producido la idea eterna e inmutable de silla o mesa y que sirve de pauta para la creación de cualquier silla o mesa. El creador primero es Dios. El artesano solo produce el reflejo de la idea. El pintor es, por tanto, un creador-imitador de objetos que ocupan y desde el punto de vista de la verdad un tercer grado. A la misma altura se sitúa el poeta, pues crea un mundo de mera apariencia.

 

 

3.      Expulsión de los poetas

 

Platón quiere la expulsión de los poetas de su República por varias razones:

Primera, el poeta es doblemente mentiroso al igual que el pintor, y está a una distancia doble de la idea, la poesía aparecía como una invención, como una construcción demasiado humana y, por eso mismo, irrespetuosa con la moral que impregnaba el pensamiento autentico. La poesía que depende solo de las emociones y de la subjetividad es una pésima herramienta política en la medida que las ciudades se fundan en la tradición y mitos compartidos. De inicio todos los seres humanos (que podríamos decir que son como los esclavos, sumidos en la oscuridad de la caverna) están engañados porque solo ven sombras, en otras palabras, todo lo que perciben los sentidos es engañoso. Pues bien, el poeta al imitar esa doble realidad engaña dos veces:

 

–—Así también, se me ocurre, podemos decir que el poeta colorea cada una de las artes con palabras y frases, aunque él mismo solo está versado en imitar, de modo que a los que juzgan solo basándose en palabras les parezca que se expresa muy bien, cuando, con el debido metro, ritmo y armonía, habla acerca del arte de la zapatería o acerca del arte del militar o respecto a cualquier otro; tan poderoso es el hechizo que producen estas cosas.[7] […]estamos razonablemente de acuerdo en que el imitador no conoce nada digno de mención en lo tocante aquello que imita, sino que la imitación es como un juego que no debe ser tomado en serio […] ¿No es esta imitación algo situado en el tercer lugar a partir de la verdad?[8]

 

El artista, en el mejor de los casos, crea copias exactas que, en el sentido de la   imitación representativa, reproducen en analogía con los contenidos en la realidad sensible y aprehensible –pero solo los contenidos de esa realidad sensible y aprehensible– y por tanto se contenta con realizar una inútil duplicación del mundo fenoménico que solo imita las ideas; o bien crea simulacros inexactos y engañosos que, en sentido de la imitación imaginativa, empequeñecen lo grande y agrandan lo pequeño, para engañar nuestra vista imperfecta, y entonces su obra aumenta la confusión de nuestras almas, y está, en lo que respecta a la verdad, en un nivel inferior al mundo fenoménico, como en un tercer nivel. [9]

Una segunda la razón la encontramos en el párrafo precedente, es menos evidente, pero que tiene que ver con el engaño también, con la percepción que tenemos de las cosas que nos rodean como hemos visto más arriba. El recurso contra el poema es la medida, el número y el peso. A la fantasía del poema que perturba el alma se opone la potencia de los conocimientos matemáticos:

 

Y el medir, el contar y el pesar se han acreditado como los más grandes auxiliares para evitar esto [la perturbación del alma engañada por los sentidos, por los colores del pintor o los versos del poeta] de modo que no impere en nosotros lo que parece mayor y menor, más numeroso o más pesado, sino lo que calcula, mide y pesa.[10][…]la parte que confía en la medición y en el cálculo ha de ser la mejor del alma.[11]

 

 Las matemáticas son calculo y no opinión,[12] el conocimiento matemático es siempre un conocimiento universal.

El tercer motivo para la expulsión de los poetas tiene que ver con la paideia (educación) y tiene que ver por la concepción griega de la poesía como representación principal de la educación. Cuando la filosofía toma conciencia de sí misma como paideia se agudiza el debate entre poesía y filosofía, esta reivindica para sí la primacía de la educación.

Este problema provoca claramente un ataque contra Homero, entre otras cosas porque este poeta es idolatrado por los griegos, por tanto, de comprenderá mejor el alcance del problema planteado sí el ataque recae sobre el poeta por antonomasia. Por eso el Sócrates Platónico se excusa por exponer su pensamiento crítico acerca de la poesía: “A vosotros os lo puedo decir, pues no iréis a acusarme ante los poetas trágicos”.[13]Con estas palabras Platón previene a quien pudiera sentirse inclinado a acusarle de falta de respeto. Pero Platón no ataca a Homero solamente porque quiera poner de relieve la importancia de la filosofía sobre la poesía, sino por otras dos razones. Platón expone la primera al inicio de su examen donde dice de Homero que: “Parece, en efecto, que este se ha convertido en el primer maestro y guía de todos estos nobles poetas trágicos”.[14]El peso principal del ataque va dirigido contra la poesía trágica, porque en ella se refleja el dramatismo impulsivo que la poesía ejerce sobre el alma. La segunda razón es que Homero tenía que ocupar un lugar central en cualquier debate sobre la educación en Grecia y que lugar ocupaba la poesía en esta educación. El movimiento educativo de los sofistas, que hacía resaltar conscientemente este punto de vista,[15] de que Homero era el gran maestro dio energía a esta concepción. Hacia el final de su polémica, se ve perfectamente claro que Platón se refiere a un determinado escrito o discurso sofistico en que se mantenía la tesis que Homero era educador de toda Grecia:

 

Glaucón, cuando encuentres a quienes alaban a Homero diciendo que este poeta ha educado a la Hélade, y que con respecto a la administración y educación de los asuntos humanos es digno de que se le tome para estudiar, y que hay que disponer toda nuestra vida de acuerdo con lo que prescribe dicho poeta, debemos amarlos y saludarlos como a las mejores personas que sea posible encontrar, y convenir con ellos en que Homero es el más grande poeta y el primero de los trágicos, pero hay que saber también que, en cuanto a poesía, solo deben admitirse en nuestro Estado los himnos a los dioses y las alabanzas a los hombres buenos. Si en cambio recibes a la Musa dulzona, sea en versos líricos o épicos, el placer y el dolor reinarán en tu Estado en lugar de la ley y la razón que la comunidad juzgue siempre la mejor.[16]

 

     En definitiva, Platón desconfía del poema, este es para los sofistas y la matemática para los filósofos; la matemática otorga conocimientos y el poema engaño. Sin embargo, a pesar de todo, Platón acepta en la República a la música militar y el canto patriótico.

      En la última parte de la cita de más arriba encontramos una alusión a las musas, en el Ion Platón nos dice por boca de Sócrates que los poetas están guiados por las musas y estas les hace enloquecer y con ello los separa de la verdad y hecha a perder la parte racional del alma y es por eso por lo que también deben ser expulsados de la República:[17]

 

La Musa misma crea inspirados, y por medio de ellos empiezan a encadenarse otros en este entusiasmo. De ahí que todos los poetas épicos, los buenos, no en virtud de una técnica por lo que dicen todos esos bellos poemas, sino porque están endiosados y posesos. Esto mismo ocurre con los buenos líricos, e igual que los que caen en delirio de los Coribantes no están en sus cabales al bailar, así también los poetas líricos hacen bellas composiciones no cuando están serenos, sino cuando penetran en las regiones de la armonía y el ritmo poseídos por Baco, […] Y des verdad lo que dicen. Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes que este endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia.[18]

 

    Como vemos Platón considera a los poetas como incitadores de una locura colectiva y provocar en los habitantes de las polis un alejamiento de la razón, parecido a lo que hoy en día puede provocar el fenómeno fans, tanto de un deporte como de un cantante o incluso un actor.

 

 

4.      Conclusiones

 

Si Platón se opuso a los poetas hasta querer expulsarlos de la República Ideal es porque consideraba la poesía como una especie de “veneno para la mente”[19]. El dominio sobre uno mismo, la areté propia de los grandes hombres resultan incompatibles con los excesos líricos y la emotividad [presente en las tragedias, que como dirá Aristóteles producen la catarsis (Κάθαρσις) aritotélica]. Hacer poesía, es decir, caer en manos de las musas, era una manera de confundir la metáfora con el concepto que finalmente podía resultar peligrosa para el conocimiento de la verdad. El auténtico conocimiento no es, según Platón, de carácter sensible –como es bien sabido–, sino que depende de su proximidad a una Idea transcendente. Lo que ofrece la poesía son simple opiniones, sentimientos que cambian y se extinguen y a Platón le interesa más lo permanente y lo trascendente, de ahí la búsqueda de conceptos universales.

La poesía es una construcción subjetiva del poeta; incluso los mitos permiten construir una comunidad, el poeta en cambio habla solo en su propio nombre, mientras que la teoría de las Ideas y el alma platónica pretenden escapar de toda subjetividad para presentarse como verdad eterna. Por todo ello creo que Platón quiere expulsar a los poetas de la República. También analizando la obra de la República en su totalidad podemos ver que promulga un Estado autoritario, donde las clases dominantes sí pueden reflexionar y buscar la verdad, pero las clases humildes deben someterse por el bien del Estado y no entretenerse con cosas que afecten a la sensibilidad desde la melancolía, tristeza o el amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5.      Bibliografía

 

 Alcoberro Pericay, R. (2015), Platón, las respuestas más vigentes a las grandes preguntas sobre el conocimiento, la ética o la justicia. Barcelona. RBA Contenidos Editoriales y Audiovisuales, S.A.U.

Dal Maschio, E. A. (2020), Platón. La verdad está en otra parte. Madrid. PRISANOTICIAS COLECCIONES y EMSE EDAPP, S. L.

Jaeger, W. (1990), Paideia: los ideales de la cultura griega. México-Madrid-Buenos Aires, Fondo de cultura económica, S.A.

Panofsky, E. (2017), Idea. Madrid. Ediciones Catedra. Trad. Teresa Pumarega

Platón, (2017) República. Biblioteca clásica Gredos. Editor digital Titivillus traducción, introducción y notas: Conrado Eggers Lan

Platón, (1985) Ion, 533c-535a, en Diálogos, Editorial Gredos. Traducción de J. Calonge Ruiz, E. Lledó Iñigo y Carlos García Gual. (Dossier de la asignatura)

https://es.wikipedia.org/wiki/República_(Platón) (23/04/2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] E. A. Dal Maschio, (2020), Platón. La verdad está en otra parte, p. 14. Madrid. PRISANOTICIAS COLECCIONES y EMSE EDAPP, S. L.

[3] E.A. Dal Maschio, (2020), Platón. La verdad está en otra parte, óp. cit. p.78

[4] Ibídem, p. 79

[6] Ibídem, 596b

[7]  Ibídem, 601a-b

[8] Ibídem, 602b-c

[10] Platón, República, X 602d

[11] Ibídem, 603a

[13] Ibídem, 595b

[14]  Ibídem, 595c

[15] Werner Jaeger, (1990), Paideia: los ideales de la cultura griega, p.766. Mexico-Madrid-Buenos Aires, Fondo de cultura económica, S.A.

[16] Platón, República, X 606e-607a

[17] Ibídem, 605b

[19] Ramon Alcoberro Pericay, (2015), Platón, las respuestas más vigentes a las grandes preguntas sobre el conocimiento, la ética o la justicia, óp. cit. p. 115


miércoles, 7 de abril de 2021

La realidad es independiente del sujeto

 

Las cosas, los objetos que estan en el mundo existen por sí solos, independientemente de quien los observa. El conocimiento de estos objetos los lleva acabo el hombre mediante en conocimiento empírico, es decir, mediante la experiencia. Esta experiencia nos habrá enseñado que estos palillos a los que hace alusión el enunciado sirven como utensilio, como herramienta para comer a los que saben usarlos. El conocimiento se ha producido a posteriori, claro está, y por referencias de otros, pues sino nos dicen para que sirven estos palillos, difícilmente con nuestra educación occidental que nos ha enseñado a utilizar los cubiertos para comer relacionaríamos los palillos chinos con un utensilio para comer por ejemplo pasta. Nuestro conocimiento de estos palillos en primera persona y sin guía no nos producirá un conocimiento real de su función, ha de ser guiado por otra persona este conocimiento, que nos diga en primer lugar para que sirven y en segundo lugar, sí esta persona  conoce su manejo, enseñarnos a usarlos al igual que nos enseñaron cuando éramos pequeños el manejo de los cubiertos. Como todo aprendizaje debe ser guiado, “nadie nace enseñado”.

Difiero de la afirmación de que “la realidad no puede ser captada con independencia del medio mediante  el cual el sujeto la capta”. La realidad está ahí y es la que es, se puede conocer mejor o peor, con la experiencia, el análisis y la ciencia podemos llegar a conocerla mejor. Es cierto que nuestros sentidos nos pueden engañar por muchos motivos, sí; y es cierto que  muchas veces no logramos a alcanzar la realidad en su totalidad, sí. Pero somos nosotros los limitados, la realidad es independiente de nosotros. Hay sujetos, que las cosas, los hechos, los fenómenos meteorológicos por poner un ejemplo, los comprenden, los conocen mejor que otras personas, porque tienen más experiencias o más conocimientos tanto científicos como culturales. Pero estas cosas, estos hechos, estos fenómenos son los mismos para todos los sujetos, están ahí.

La naturaleza se rige por leyes y mientras mejor conozcamos esas leyes, mejor conoceremos el mundo que nos rodea. Este conocimiento lo adquirimos mediante la observación y el estudio empírico de estas leyes a las cuales debemos acatar, porque sí arrimo mi mano al fuego me quemo y si salto por un puente de cien metros de altura me mato. Estas cosas las hemos aprendido aplicando la intuición y la deducción tras la observación de los hechos, de las causas y los efectos que estas producen –fuego- quemadura; caída de altura muerte casi segura– y son iguales para todos los sujetos independientemente de donde estemos y quien seamos, porque la realidad es independiente del sujeto.

Jorge Martín

 

 

martes, 19 de enero de 2021

Albert Camus, el absurdo de la existencia


Albert Camus nos muestra con su obra como el hombre ha de asumir que su vida en si es absurda y por ello debe vivir cada momento de su existencia con pasión sin esperar un más allá que no existe. Nos enseña que hay que vivir el presente pues el futuro es incierto, aunque el futuro del hombre tiene un final cierto.

 Palabras clave: absurdo, extranjero, rebelde, nihilismo


 Contenido

1.      Introducción. 2

2.      El Mito de Sísifo. 3

3.      El extranjero. 5

4.      El hombre rebelde. 8

5.      Conclusión. 10

6.      Bibliografía. 11

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.      Introducción

 

El objetivo de este trabajo pretende mostrar una original exigencia moral filosófica-humanista presente en la obra del escritor franco-argelino Albert Camus. Moral que pretendería ser respuesta de un renacer y afirmación positiva de la vida y el hombre frente a la aniquilación, el nihilismo que parece ser inherente, según dejará vislumbrar Camus, al espíritu el devenir humano. De esta forma, en este trabajo nuestra intención sería poner de relieve una reflexión ética que se define a raíz de los límites de la existencia humana descubiertos por la acción emancipadora de la rebelión, que se señala a su vez, como un proceso efectivo contra el menos cabo de la dignidad en los hombres y mujeres. Por eso intentamos dar cuenta de una desengañada comprensión del hombre centrándonos en algunas obras del escritor franco-argelino, estas obras son: El Mito de Sísifo (1942), El extranjero (1942) y El hombre rebelde (1951), también utilizaremos a modo de referencia otras obras del autor y bibliografía secundaria referente a la obra de Camus y al nihilismo.

En cada una de sus obras literarias Camus nos muestra un modo diferente de rebeldía frente al absurdo, este se hace presente a través de distintos personajes que tienen en común la carencia de toda fe, aunque su enfrentamiento a ella varía, en torno a la desesperación, la indiferencia o la lucha.  Según Camus, lo absurdo surge al tomar conciencia de que el destino del hombre se inscribe en el tiempo y desde su nacimiento, el hombre avanza irremisiblemente hacia su muerte. El hecho de que haya nacido parta morir convierte su situación inevitablemente en absurda. Lo es además porque, de forma innata, el ser humano busca un sentido a la vida y no para de chocar contra la irracionalidad del mundo. Para nuestro escritor, no cabe considerar la idea de una verdad superior que daría un sentido a la existencia, solo tenemos una vida y nada más. Para terminar, debemos añadir que las acciones humanas son vanas. Los hombres repiten cada día los mismos gestos sin un propósito. Su vida entera no es más que una sucesión de costumbres que lo llevan a la muerte. Al adquirir conciencia de la muerte, el hombre experimenta la angustia y el absurdo, pero no puede eludir la finitud; es necesario rebelarse ante los absolutos metafísicos.

Por lo tanto, nos surgen preguntas como: ¿para qué gastar energía y aceptar los sufrimientos que genera la existencia si, aun así, estamos destinados a morir? Camus abordará esta problemática en su obra, en este pequeño ensayo intentaremos acercarnos a la respuesta que nos da.

 

2.      El Mito de Sísifo

 

Existió un hombre que engañó a los dioses y fue castigado con un trabajo absurdo que debía repetir durante toda la eternidad. En su lecho de muerte, Sísifo le ordenó a su mujer que no sepultara su cuerpo por ningún motivo. Cuando descendió al Tártaro y tuvo su juicio frente al Hades, el difunto pidió una última oportunidad de regresar al mundo de los vivos para castigar a su mujer por no realizar los ritos mortuorios pertinentes. Después de regresar a la luz, huyó a tierras lejanas y se reyó del dios del Hades. Así firmó su condena puesto que nadie escapa a su destino y menos se burla de una deidad.

El castigo de Sísifo consiste en empujar una piedra hasta la cima de una montaña. Cuando llega a la parte más alta, la roca cae por su propio peso y todo se vuelve a iniciar. Parece una cosa fácil, pero no hay descanso, pausa o fin.

Albert Camus toma el mito de Sísifo como una metáfora de la existencia humana. De esta forma sostiene que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Esto es la decadencia y el nihilismo de la sociedad.

Camus trabajó en un periódico durante un tiempo. Tenía un cargo nada interesante, mal pagado y lejos de su hogar. Por aquel entonces vivía en un hotel de poca categoría. El único mueble, además de la cama, era un escritorio donde se sentaba a reflexionar y escribir sobre lo infeliz que era su vida. Fue en esas noches de desasosiego que desarrolló su pensamiento sobre lo absurdo. Así como Sísifo, el escritor franco-argelino estaba condenado a una rutina fútil y sin esperanza. Sin embargo, invita a sus lectores a que se imaginen un Sísifo feliz, ya que, a fuerza de repetir constantemente los mismos gestos, toma conciencia de lo absurdo de su misión y, al mismo tiempo, del precio su existencia. A partir de ahí, aprende a amar su tarea y a encontrar un interés en ella. Sísifo es feliz no porque remotamente espere una suspensión de su castigo, sino por su lucidez, Sísifo es feliz cuando regresa al pie de la colina y ve claramente su destino, lo conoce y en ello reside su triunfo sobre los dioses, hay una certeza en su futuro que él asume y esto le da tranquilidad, ya conoce sus límites. El superhombre nietzscheano también tiene ese rasgo, cuando, en resumidas cuentas, finitud es una característica imprescindible del nihilismo desde que el hombre es plenamente consciente, ya sin ataduras divinas ni promesas imposibles, de su propia mortalidad. Así, Camus propone al ser humano que busque su felicidad en lo absurdo de su día a día, al igual que Sísifo. Todo hombre absurdo puede hallar placer en una actividad inútil, ya que le hace ser el mismo y en correspondencia, feliz. De este modo afirma Camus respecto a Sísifo:

Toda la alegría Silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su roca. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos sus ídolos. […] Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El Hombre absurdo dice “sí” y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, se sabe dueño de sus días.[1]

 

Camus vincula lo absurdo con términos antitéticos que polemizan enfrentados, afirmando en El mito de Sísifo que “lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”[2]

El desarrollo de este concepto va ligado al sinsentido de la vida en un mundo en que el hombre se encuentra arrojado, sabedor de que la muerte es la única certeza irrefutable; hecho este que ocasiona una terrible angustia, ya que, como proclama Nietzsche: “Dios ha muerto”. Tal afirmación conlleva una secularización de la sociedad y una caída de los fundamentos morales vigentes; en definitiva una marcada ausencia de fe y un profundo vacío existencial. Albert Camus, gran lector de Nietzsche, piensa que, una vez asumidos el temor a la muerte, la soledad en un mundo que no responde a las cuestiones fundamentales y el desmoronamiento de las creencias en la eternidad y los absolutos, solo nos queda reflexionar sobre si la vida vale o no la pena. En el ensayo sobre El mito de Sísifo Camus comienza con estas palabras:

 

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzga si la vida vale o no la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, viene a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo.[3]

 

Camus busca enfrentar al lector con su realidad, con su condición humana, esto es con la muerte y con el absurdo. El suicidio es elegir el absurdo, porque el absurdo es la muerte. Si uno elige el suicidio, se queda esperando el absurdo en un mundo absurdo carente de sentido y de racionalidad. Lo único que le queda al ser humano es hacerse, al igual que Sísifo, dueño de su destino, de su vida.[4]Buscar la felicidad con aquello que tiene en cada momento, olvidándose de la esperanza y la alegría eterna que no existe. Le queda a los hombres conformarse con el presente porque es de aquello que pueden ser dominadores el futuro está dominado por la muerte. Para demostrarnos esta máxima, nuestro autor crea casos que sobrecojan al lector, portándolos al límite de sus miedos. Todo para hacerle presente la tragedia de la muerte, la absurdez de este hecho, que todos tenemos que afrontar tarde o temprano. Todo para demostrarnos que el hombre vive inmerso en el absurdo y eso lo tiene que afrontar, cada uno desde su punto de vista particular.

 

 

3.      El extranjero

 

Una de las primeras cosas que me gustaría destacar de esta novela de Camus es la filosofía que encarna su protagonista Meursault, tendrá como punto de partida la idea de que no hay un Dios que resguarde y guíe el camino del hombre, sino por el contrario este deberá regir su vida desde sí mismo, rigiéndose por sus propias leyes. En el dialogo entre Meursault y el capellán en la parte final de la novela podemos encontrar:

 

“¿por qué”, me dijo, “rehúsa usted mis visitas? Contesté que no creía en Dios. Quiso saber si estaba bien seguro y le dije que yo mismo no tenía para qué preguntármelo; me parecía una cuestión sin importancia. […] “No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que morirá por entero?” “Sí”, le respondí.

Bajo entonces la cabeza y volvió a sentarse. Me dijo que me compadecía. Juzgaba imposible que un hombre pudiera soportar esto. Yo sentí solamente que él comenzaba aburrirme.[5]

 

 

 De esta manera, Meursault partirá desde el mismo punto que Nietzsche y Sartre: el hombre está solo en la tierra y debe él mismo forjar sus valores.[6] Precisamente este personaje, Meursault, es un extraño que vive en un mundo propio sustentado en el automatismo de una vida ordinaria y sin trascendencia. Donde es tal su desarraigo con la moralidad existente, que incluso la muerte de su madre para él quedará reducido a un mero acontecimiento que no altera prácticamente su rutina habitual: “Pensé que después de todo era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado”.[7]

Todos estos sentimientos se ven reflejados en la obra El extranjero. Él mismo es el extraño, el forastero de este mundo. Tanto Camus como el protagonista Meursault aborrecen la sociedad, la sociedad de la que forman parte. Meursault se da cuenta de que es un hombre absurdo por la extrañeza ocasionada por el mundo y la humanidad. Tal extrañeza es percibida por él tanto a nivel social como individual. Nuestro protagonista se asombra en el momento en que  algunas personas muestran hacia él un gesto de acercamiento humano; por ejemplo, cuando los amigos de la madre le tienden la mano después de una noche de velatorio; o  cuando Raimundo Sintés, su vecino, decide tutearle. Además de saberse desubicado, se siente extraño consigo mismo, por eso se irrita al tener que identificarse en el juicio, como si le pesara su propia identidad. Entonces podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el valor principal que Meursault impone durante todo el transcurso de la novela? Podemos ver en esta obra claramente a un hombre indiferente e insensible. Acaba de morir su madre pero no puede sentir nada. Conoce a una mujer hermosa y no sabe si la ama o solo pasa el tiempo con ella. Tampoco tiene interés por viajar y las expectativas de un trabajo mejor, cuando el jefe le ofrece dirigir la sucursal de París: “Dije que sí, pero en el fondo me era indiferente”[8]. Meursault dejará entrever que habrá sido aquella misma indiferencia la que le permitirá matar al árabe. Meursault dice: “Pensé en ese momento que podía tirar o no tirar y que lo mismo daba[9]. Así transcurre la vida de un extranjero de la humanidad, dejándose arrastrar por la corriente porque su voluntad se ha nulificado.

Nuestro protagonista intenta combatir el absurdo mediante la indiferencia, reconoce el absurdo vital y se entrega a él. A diferencia de otros personajes, se siente extranjero, porque se abstiene de juzgar a los demás. Por el contrario, se sabe juzgado en el velatorio de su madre por los ancianos de la residencia, al igual que sus dos vecinos, Salamano y Raimundo, son juzgados por terceros: uno por maltratar a su perro y el otro, por agredir a su pareja. Para juzgar es necesaria una escala de valores de la que carece este personaje. Como consecuencia, convierte  en equivalentes todas las experiencias: para él, tiene el mismo valor consolar a Salamano por la pérdida de su perro que matar a un árabe. No cabe duda que este modo de comportarse entraña una actitud dual y paradójica, propia de la expresión del absurdo: su acción no se corresponde con su pensamiento.

No manifiesta ninguna culpabilidad por el asesinato que ha cometido; cuando lleva un periodo de tiempo en la cárcel, afirma que uno se habitúa a todo y allí no era infeliz; y, al conocer su sentencia de muerte, la acepta con resignación.

Meursault con esta actitud, pareciera distanciarse tanto del pensamiento de Nietzsche como de Sartre. Con el primero, ya que para Nietzsche es primordial que el hombre, desde el nihilismo, cree sus propios valores, defendiendo una filosofía en la cual el ser no puede “agotarse” ante el vacío, exigiendo tras esto la superación de sí mismo y no una pertinaz indiferencia. Y, con Sartre, el problema aún es mayor, ya que para este la acción es uno de los caracteres más relevantes de su filosofía, pero además incorpora a la primera el rasgo moral, tan desvalorado por Nietzsche. Meursault en ningún momento, como quiere Sartre, se cuestiona “¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo?” Sino por el contrario, experimenta una insensibilidad ante la naturaleza de sus actos.[10]

Meursault, por tanto, como hemos dicho más arriba, es un extranjero entre quienes lo rodean, ajeno a las convenciones sociales. Pero su rebeldía se pone de manifiesto cuando el juez y el confesor pretenden convertirlo en un extraño para sí mismo e intentan convencerlo para que acepte su culpabilidad y pueda así redimirse. Sin embargo, él está dispuesto a morir quijotescamente sin traicionarse a sí mismo y siendo dueño de su verdad: el desinterés por los valores, el predominio de los instintos naturales en contraste con los sentimientos el vivir hasta el último momento gozando de la inmediatez sensorial sin cuestionarse por un momento que haya un más allá, sin esperar nada, nada que el futuro pueda deparar:

 

En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un “novio”, por qué había jugado a comenzar otra vez [eterno retorno nietzscheano][11]. Allá, allá también, en torno de ese asilo en que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho a llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiera purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía.[12]

 

En Camus, subyace la paradoja de la muerte revitalizadora: la presencia acechante de la finitud induce a vivir y no a lamentarse de haber nacido.

 

 

4.      El hombre rebelde

 

Albert Camus se sintió extranjero en París, sufrió el nihilismo y el absurdo, padeció tuberculosis crónica y una soledad implacable. Afrontó todos los problemas que acarrean una nueva realidad en un país nuevo. En esos momentos se preguntó si el suicidio era la única forma de vencer el castigo de Sísifo. A punto de rendirse se dio cuenta que la única manera de vencer es rebelarse, y de ahí surge la que podríamos considerar su obra más importante El hombre rebelde.

Camus comenzó a escribir su ensayo El hombre rebelde a la par que su obra de teatro Los Justos (1950), estas están íntimamente relacionadas[13]. El ensayo se publicó en 1951 y provocó largas polémicas con la prensa de extrema izquierda. Un violento ataque de la revista Les temps modernes supuso la ruptura con Sartre[14]. La respuesta de Camus podemos encontrarla en las Lettres sur la révolte[15]. La tesis acusadora consistía básicamente en sostener que estar a favor de la naturaleza, antítesis como tal de la historia y la praxis, sitúa a Camus en un inmovilismo y una pasividad que favorece al poder reaccionario.

El autor de La Peste, en esta obra nos habla primero de esos rebeldes por razones metafísicas que desde un sentimiento de absurdo se dirigen contra toda creación. Más tarde emprende la larga tarea de explicarnos cómo esa rebeldía inicialmente individual pasa a manos de la colectividad cuando, una vez muerto Dios, le queda al hombre una historia para comprender y construir.

 

El mal que experimentaba  un solo hombre se convierte en una peste colectiva. En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel del “cogito” en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.[16]

 

 Esa rebeldía no ha de confundirse con la revolución socio-política. Es la rebeldía que nos enseñan los mitos, nuevos y antiguos, la aceptación de los límites y la unidad con la naturaleza: es el principio para formular una ética basada en la fraternidad y la justicia.

“Rebeldía” en Camus es un término equivoco y como hemos dicho nada tiene que ver con la violencia. “Rebelarse” es elevar una protesta para, en definitiva, comprender y aceptar. Los “rebeldes míticos” que nuestro autor nos pone como ejemplos afirman la tierra y solo se alzan contra lo que pretende aminorar su papel, menoscabar su  realidad: los imposibles, el Todo, lo eterno. Su rebeldía es por encima de todo, conocimiento de los límites, sentido de la mesura y rechazo de todo aquello que busque superarlos.

La rebeldía no es la lucha contra los límites sino, al contrario, el combate contra lo que nos empuje a abandonar esa paradoja y nos proporcione una salida fácil. Aceptando los límites llegaremos a ser nosotros mismos, en la identidad y la unidad con el universo.

Albert Camus se muestra contundente. La falta de un futuro esperanzador nos paraliza y nos deshumaniza. ¿Será que estamos llegando a un punto donde el mundo esté tan mal que todos nos transformemos en seres sin sentimientos o esperanzas?

Elegir la historia es por tanto y en contra de lo que pueda parecernos, optar por el nihilismo. Eso es lo que distingue la rebeldía de la revolución. La primera reivindica la unidad, es creadora, busca la superación continua; la segunda desea la totalidad, es nihilista, solo actúa en la esperanza de llegar a ser un día, solo sabe destruir y solo puede abrigar en su seno la creación si se atiene a una regla que equilibre su frenesí histórico.

Parten, pues, Nietzsche y Camus de unos mismos presupuestos[17]. Pero la rebeldía de Nietzsche es interior, late hasta un estallido: exalta la vida hasta la infinitud. Es una rebeldía por la máxima liberación, por un superhombre. La de Camus, sin embargo, se encaja en una humanista visión del mundo, baila al compás de lo social, se vuelca a un exterior concreto, insta a un disfrute de lo juicioso.

5.      Conclusión

 

Lejos de sugerir a los hombres que se resignen a sufrir su condición, Albert Camus les recomienda que sean lucidos, es decir, que reconozcan lo absurdo de su existencia. Para nuestro autor la mejor respuesta a lo absurdo reside en ser conscientes de ello y aceptarlo. Su filosofía se niega adoptar las otras dos soluciones que el hombre podría contraponer a lo absurdo como vía fácil: el suicidio como respuesta a la falta de sentido de la vida y la religión como intento de darle sentido. Según Camus, hay que ser un hombre absurdo. Esto implica vivir intensamente dejándose llevar por la pasión, luchar para mantener la libertad y afrontar la irracionalidad de la condición humana a través de la rebelión.

Así, antes que nada, nuestro autor invita al ser humano a que acumule experiencia y a que la viva de lleno, con pasión. Sin embargo, esta necesidad de experimentar la mayor cantidad de cosas posibles no lo legitima todo. De hecho, se ha de establecer un límite para todos los actos: el humanismo que se basa en el reconocimiento de un valor inviolable, el de la naturaleza humana. En efecto, Albert Camus pide a sus semejantes que luchen por un mundo más justo y que se comprometan a crear una sociedad más justa, donde los derechos de todos los hombres y mujeres se respeten. Camus durante toda su vida se implicaría en diversas causas, siempre a favor de la justicia. Cuando pide a los ciudadanos del mundo que adopten el valor de la justicia y que esta le sirva de guía, lo hace descartando el crimen como medio de poder llegar a una finalidad. Nos dirá en El hombre rebelde: “No hay  que matar, ni siquiera para impedir que se mate, hay que aceptar el mundo tal como es, negarse a aumentar la desdicha, pero consentir en sufrir personalmente el mal que contiene”[18].

Cuando nuestro autor nos habla de la libertad que debemos mantener, nos la define como un rechazo a dejarse atrapar por la rutina y los prejuicios. La rebelión que él predica nace de un cuestionamiento constante del individuo ante la vanidad de su existencia, y gracias a esa sublevación el ser humano se ve obligado a ir al límite de sus capacidades  y a superarse.

Su rechazo de los absolutos no realza al hombre sino que le hace consciente de sus limitaciones. Una rebeldía tal, inscrita en lo microcósmico, para muchos, no pasará de constituirse en un formulario para habitar el mundo. Esta rebeldía no será considerada propiamente filosofía.

Claro está que nuestro autor no se afanó en ser filósofo. Simplemente recurrió a unos mitos para que los demás recordásemos nuestros límites. El mensaje humanista que encierra su obra, su rebeldía mítica, es en nuestro mundo tecnificado y complejo una renovación, un cambio de parámetros necesarios si se desea el desarrollo integral del hombre, porque la historia nos exige un equilibrio.

 

 

 

 

 

6.    Bibliografía

 

Camus, A. El extranjero, Le libros, http://LeLibros.org/ descargado Online: https://www.academia.edu/34939005/El_Extranjero_Albert_Camus_pdf, 8/01/2017.

Camus, A. (1978). El hombre rebelde,  Buenos Aires, Editorial Losada, S.A. Trad. Luis Echávarri.

Camus, A. (1985) El mito de Sísifo, Madrid, Alianza Editorial, S.A. Trad. Luis Echávarri.

Monje Justo. Alfonso I. ‹‹La estética del Absurdo en Albert Camus (Del héroe trágico al héroe absurdo del siglo XX)›› A Parte rei. Revista de Filosofía,

 http: //serbal.pntic.mec.es/⁓cmunoz11/index.html, 20/10/2020

Roberto Ángel G. (2007) ‹‹La Filosofía de Nietzsche y Sartre en El extranjero, de Albert Camus›› Espéculo. Revista de estudios literarios, Nº 36, Universidad Complutense de Madrid. http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/camusart.html, 20/10/2020.

Tiberghien, Eve, en colaboración con Gauthier De Wulf. (2017) Albert Camus. Del ciclo de lo absurdo a la rebeldía, Arte y literatura 50MINUTOS.es, Traducción: Laura Soler Pinson.

Vázquez Valencia, José A. (2007) ‹‹La muerte en Albert Camus. Sobre El extranjero, La peste, El Mito de Sísifo, La muerte feliz y La caída››. Revista Bajo Palabra, Nº II, pp. 197-202

Zárate, M. (1998) ‹‹La rebeldía mítica de Albert Camus›› Anales del seminario de historia de la filosofía, Nº 15, págs. 63-76. Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense. Madrid.

 

 

 

 



[1] Albert Camus, (1985) El mito de Sísifo, p. 61, Madrid, Alianza Editorial, S.A. Trad. Luis Echávarri.

[2] Ibídem, p. 16

[3] Ibídem, p. 5

[4] José A. Vázquez Valencia, (2007) ‹‹La muerte en Albert Camus. Sobre El extranjero, La peste, El Mito de Sísifo, La muerte feliz y La caída››. Revista Bajo Palabra, Nº II, p. 201

[5] Albert Camus, El extranjero, p.66,  Le libros, http://LeLibros.org/ descargado Online: https://www.academia.edu/34939005/El_Extranjero_Albert_Camus_pdf, 8/01/2017

[6] Roberto Ángel G. (2007) ‹‹ La Filosofía de Nietzsche y Sartre en El extranjero, de Albert Camus››. Espéculo. Revista de estudios literarios, núm. 36. Universidad Complutense de Madrid. http://www.ucm.es/info/especulo/numero36/camusart.html, 20/10/2020

[7] Albert Camus, El extranjero, óp. cit. p. 18

[8] Ibídem, p.17

[9] Ibídem, p. 35

[10] Roberto Ángel G. (2007) ‹‹ La Filosofía de Nietzsche y Sartre en El extranjero, de Albert Camus››. Espéculo. Revista de estudios literarios, núm. 36. Óp. cit. p.3

[11] Las corcheas y la negrita son  mías.

[12] Albert Camus, El extranjero, óp. cit. p. 69.

[13] Marla Zarate (1998), ‹‹ La rebeldía mítica de Albert Camus››. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Nº15, p. 68 Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense. Madrid.

[14] Ibídem, p.68

[15] Albert Camus (1962-65), Actuelles II en Oeuvres II, Bibli. de la Pléíade, París, pp.731 a 774. Citado por Marla Zarate (1998), ‹‹ La rebeldía mítica de Albert Camus››. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Nº15,  óp. cit p. 68.

[16] Albert Camus, (1978). El hombre rebelde, p. 26, Buenos Aires, Editorial Losada, S.A. Trad. Luis Echávarri.

[17] Marla Zarate (1998), ‹‹ La rebeldía mítica de Albert Camus››. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Nº15, óp. cit. p.76

 

[18] Albert Camus, (1978). El hombre rebelde, óp. cit. p.68.